El Lazarillo de Tormes y el derecho del pan

Un pie de página del Lazarillo de Tormes me llevó a explorar el Derecho del pan en la Castilla del XVI y qué nos dice de aquella sociedad.

Daniel Díaz Foruzanfar

9/23/20253 min read

Este artículo tiene un carácter algo diferente respecto a las anteriores entradas. Recientemente, he releído el Lazarillo de Tormes, el cual había leído por última (y primera) vez cuando me encontraba en el instituto. De cara a poder entender mejor la obra, decidí leerlo a través de la edición de Cátedra Letras Hispánicas https://amzn.to/48s1FrV

Durante la lectura, hubo uno de los numerosos pies de páginas que me llamó especialmente la atención, pues señalaba brevemente que el pan se encontraba sometido a una regulación muy detallada por parte de las autoridades.

Esa nota me llamó la curiosidad y quise profundizar en la materia para poder traerla aquí. Para ello me apoyé en estudios históricos sobre el abasto de pan en Madrid durante siglo XVI, donde se analizan las disposiciones reales, las ordenanzas municipales y el papel de los pósitos en el suministro cotidiano.

La principal regulación del pan, vino mediante un instrumento que tiene por nombre “Pragmática”, consistente en un tipo de disposición dictada por el rey con fuerza de ley. A través de este mecanismo, en 9 de marzo de 1558, se fijó un precio máximo del trigo que se proyectaba después sobre la harina y el pan.

El principal objetivo, de acuerdo con los textos, era que la base de la alimentación popular no quedara sometida a la especulación. El texto se fue actualizando en 1571, 1582 y 1605, reflejando la preocupación constante de la Monarquía por mantener cierto control sobre los precios en un bien esencial. Estas normas tenían un alcance general en casi todo el reino de Castilla, con la excepción de la franja cantábrica (Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, Asturias y parte de las Montañas de León), donde prevalecían fueros propios.

De manera previa a esta regulación de precios, existe una ordenanza de Madrid en 1498 que introdujo una regulación bastante interesante y práctica acerca del pan, y establecía que el peso del pan debía ser siempre el mismo, mientras que el precio variaba en función del coste de la harina.

De esta manera, el comprador sabía que recibía una pieza de cuarenta o veinte onzas, y era el precio lo que se ajustaba semanalmente, según la postura que fijaban los oficiales tras visitar la casa de la harina. Con ello se trataba de impedir el fraude en el peso, y de hacer visible una idea de justicia en el mercado, al menos en la relación entre los panaderos y los consumidores.

Además de las pragmáticas y ordenanzas, también existían otros mecanismos pensados para asegurar el abastecimiento. Uno de ellos eran los pósitos, que consistían en graneros públicos mantenidos con fondos locales. Compraban grano y lo guardaban para sacarlo en tiempos de escasez. Una pragmática de 1548 les reconoció esta función, y en 1584 se reforzó la idea de que ese grano debía destinarse a los pobres cuando las cosechas eran malas. Otro instrumento consistía en el Pan de registro, un sistema que obligaba a pueblos cercanos a enviar pan a la Corte. En 1630 esta obligación se amplió hasta un radio de veinte leguas, lo que garantizaba que Madrid no se quedara sin suministro, aunque fuera a costa del sacrificio de esas comunidades

En el Lazarillo podemos ver un reflejo de este trasfondo en el episodio del clérigo de Maqueda. El clérigo guardaba bajo llave en un arca todo el pan y la comida de la casa, y Lázaro tenía que ingeniárselas para poder robar un mendrugo y comer ese día. La norma podía fijar pesos y precios en la tahona, pero en la práctica no resolvía la situación de quien dependía de un amo que no cumplía con su obligación de alimentar a su criado, obligación que bien podría dar para un artículo otro día.

El objetivo de toda esta regulación, era asegurar el abasto colectivo y contener los precios de un producto que podía alterar el orden público si faltaba, así pues, la experiencia individual de Lázaro muestra su ineficacia. Al final, toda esa regulación podía ordenar el mercado, pero no evitaba que muchos siguieran pasando hambre. Esta nota de la edición de Cátedra me hizo fijarme en cómo en el Lazarillo aparecen reflejadas esas situaciones.

No se trata solo de que Lázaro pase hambre porque sí, sino que en el trasfondo hay un sistema jurídico que se preocupaba de pesos, medidas y precios, mientras que a él le tocaba sobrevivir con lo poco que podía robar o pedir porque no tenía otra.